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7 de febrero 2013.
Catalina Gayá

Paula Laverde observa una de sus obras. Reflexiona en voz alta: «Quizá nuestra generación no vea el final de la violencia pero sí lo puedan ver las futuras». En una litografía rosa se ven infinidad de cruces. Sobre una mesa reposa otra pieza: es una espiral con una pistola apuntando a una cabeza. La obra no está acabada. Quiere añadir unas flores, unos capullos; esperanza de futuro.

–¿En qué está trabajando?

–En una exposición colectiva que hemos titulado No nos cabe tanta muerte. Hemos implicado a 15 artistas de disciplinas y nacionalidades diferentes. Expondremos en mayo en Barcelona y en Granollers, en noviembre. Me involucré como curadora, coordinadora y artista.

«No puedo solucionar la violencia, pero sí contribuir a la reflexión crítica»

–¿La idea nació en Barcelona?

–Sí, a partir de una pieza que creé para un altar que se hizo a las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez. Me interesó saber cuánta muerte cabe en un espacio pequeño, y cabe demasiada.

–Reflexiona a la distancia.

–No puedo solucionar la violencia, pero sí contribuir a la creación de un pensamiento crítico y colectivo a través del activismo y de mi obra.

–¿Cuándo empieza su activismo?

–Los hechos de Atenco, en el 2006, fueron una alerta roja. No podía vivir ajena a toda esa violencia.

–En San Salvador Atenco hubo muertos, violaciones, detenciones. Usted lo vivió desde Barcelona.

–Sí, estaba aquí. Llegué en el 2002. En otro de mis proyectos, trabajo con el concepto de nepantla, que significa en medio, en náhuatl.

–Siga.

–Encontré unos poemas de los hijos de los primeros exiliados en México de la guerra civil española. Ellos hacen una reflexión sobre el exilio: no pueden ser ni españoles ni mexicanos. Esos poemas me cautivaron y empecé a desarrollar el concepto de quedar en medio de. Yo ya siempre estaré en medio de.

–Ha tenido una hija en Catalunya.

–Se llama Citlali, que significa estrella del alba en náhuatl. En su día a día, convive con la cultura catalana e intento que también lo haga con expresiones culturales mexicanas. Tiene claro que una calavera es una calaca, y le parece bonita. ¡Le gusta el son jarocho! El enriquecimiento cultural es una cuestión natural.

-¿Con qué se queda usted?

–Con los símbolos, con lo icónico. La milagrosa, por ejemplo, es un trabajo que elaboré junto con el fotógrafo Alejandro Ardila. Se refleja la creencia que existe en México de que la virgen de Guadalupe se aparece en todos lados. Yo hice un trabajo con apariciones en la naturaleza.

–¿Es guadalupana?

–Soy guadalupana, pero no católica. La virgen de Guadalupe es mestiza. También es Tonantzin, la madre Tierra, que es la parte con la que me identifico.

–¿Y cree que se aparece?

–Es difícil, a veces sí y otras no. A veces, me sorprendo.

–¿Cómo llegó a Barcelona?

–Vine de viaje. En México, hacía diseño gráfico enfocado a nuevas tecnologías. Era el boom de los portales, pero el diseño fue apostando por lo tecnológico y dejó lo artístico.

–¿Y aquí?

–Durante años estuve en una postproductora haciendo interactivos para devedé y blueray. Me encantaba: trabajaba con cine independiente.

«En náhuatl existe el concepto de ‘nepantla’, que significa estar en medio»

–¿Y llega al TPK?

–En el 2011. Fue una pieza. Trabajaba en casa y tardaba más en montarla y en desmontarla que en crear. Es inspirador trabajar con otra gente.

–¿Y el futuro?

–Desde el 2008, ilustro libros para el Conaculta. He trabajado en ilustración, en animación, en programación, así que tengo en proyecto libros infantiles electrónicos.

–¿Cómo hacemos para que lo niños vuelvan a leer?
–De niña, me disgustaba que me subestimaran por ser niña. Toño Malpica ha escrito un libro sobre un niño secuestrado. Los libros no solo tienen que ser pedagógicos o entretenidos. Tienen que conectar con las emociones, con el dolor, el miedo… No tienen que subestimar.

gentecorriente@elperiodico.com

Año XXXVI. Número 12.229. D.L.: B 36.860 – 1978

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